martes, 17 de septiembre de 2013

Córdoba, su ciudad, su mezquita



No me gustan las fotos-postales, pero para la primera vez que visito Córdoba desde que tengo la canon quería tener la oportunidad de manejarla y comprobar cómo me muevo con el modo manual. Así que es un reportaje serio y muy formal; espero que al menos alguien de historia del arte pueda usarlas en sus trabajos. Yo, al menos he disfrutado disparando estas instantáneas por ensayo y error, y puedo decir con cierta felicidad que la mayoría han salido bastante bien, un año después de tener la canon ya nos comprendemos mucho mejor.

No soy objetivo con Córdoba. Lo fuí por primera vez cuando la conocí, pero en las sucesivas visitas se me hace imposible. Paseando por las calles en silencio, con o sin sol, solitarias o atestadas, yo voy caminando en mi burbuja ilusoria, imaginando esas gentes allá por el 939 caminando por las mismas. Imagino cómo se sentiría un alemán por ejemplo, acabando la Alta Edad Media y con la Reforma Protestante muy lejana aún, como se sentiría digo, llegando a un lugar como éste: bañado de sol, de fuentes, de iglesias, de mezquitas, sinagogas, escuelas coránicas, institutos de traducción, baños, como una bella isla rodeada de oscuridad. Con sus más, y sus menos, desde luego, como toda ciudad y como toda sociedad en aquella época. Pero con un aroma exquisito que aún hoy me sorprende y busco en nuestra sociedad del XXI.

Respirar esa brisa fresca por las noches, por esas callejuelas, por esa ciudad y esas gentes con ese fondo tan orgulloso pero tán corteses, todo ese casco que aparece naranja brillante en la noche...En fin, no conozco toda Córdoba, no conozco bien la Córdoba moderna y no soy objetivo, lo reconozco, quizás mi interés por el mundo islámico y la lengua árabe lo justifican. Pero adoro Córdoba señores, por cómo fue, qué significó, y cómo es.

Las calles de Córdoba, el Alcázar,  la casa sefardí













La Mezquita de Córdoba
Tras multitud de ampliaciones, no es lo que fue principalmente por el hecho de que la catedral de Córdoba ES la mezquita. En palabras de Carlos V, quien permitió envalentonado que se derrumbara una enorme área para construirla, "si hubiera sabido lo que había aquí, no había permitido que se construyera ésto aquí".
Cuesta imaginar que por muchos años un enorme boquete en el centro de la mezquita permitía ver el cielo, pero lo cierto es que un detalle menos impresionante me llamó más la atención; pregunté por qué la oscuridad del interior, siempre pensé que era para incentivar el sentido de recogimiento del orador, como curiosidad de Córdoba, pues en muchas otras mezquitas la luz entra a raudales. Gracias al guía caí en una obviedad: las capillas que circundan la mezquita se sitúan donde estaban las entradas y arcos de la mezquita por lo que, en tiempos originales la luz entraba a raudales, efectivamente, en su interior. Misterio aún sin resolver, el de la orientación del mihrab al Sur. Tiene sentido para míla explicación más aceptada: como muestra de poder y señorío del califato, se orientó como la de Damasco, al Sur.
No es una visita de un día o una hora, disfrutar ese increíble lugar. De poder vivir allí, iría dos veces al mes, un día entero. Recordemos que es Mezquita-Catedral, y dejando atrás dolor y destrucciones arquitectónicas, eso la hace única.






lunes, 16 de septiembre de 2013

Salón de té

Sibylla by Harry Gregson-Williams on Grooveshark

Desde la colina la vista es magnífica. El Guadalquivir cierra su codo permitiendo erguirse la gran ciudad de Corduba, sede del califato. El jinete, agotado por su viaje desde Mursiya, destapó el resto de la cara del imamah que le protegía del polvo y el calor del camino. Palmeó al sudoroso caballo y continuó su marcha levantando una nube de polvo tras de sí.
Aún sudaba cuando terminó su cita  y entregó el mensaje para Abd Al-Rahman III, mientras rodeaba la mezquita y buscaba ansioso el mejor local que en toda Córdoba podría encontrar en ese momento.


Callejeó buscando siempre las sombras, esquivó una maceta y saludó a la vez al judío Avram, que se llamaba como él, que siempre deambulaba con Aswad discutiendo y entró en su  paraíso: "sabajh uljeir ia Ibrahim" escuchó de algunos amigos al fondo de la estancia-"sabajh uljeir sadiqi", fue él saludando uno por uno.






Nada más entrar un aire fresco le recorrió el cuello y observó el hermoso patio del salón de té, siempre con sus naranjas junto al profundo pozo. Una luz anaranjada se descolgaba por el techo y hacía brillar las paredes del patio interior. Los clientes conversaban en voz baja, y muchos miraban al vacío fumando su narguile o leyendo manuscritos;

Todo el calor y la prisa se quedaban atrás cuando entraba en el Salón de Té.








Se descalzó y entró en la estancia de la izquierda, al pie de las escaleras. Era ésta más fresca y oscura, y era donde siempre podía encontrar la mujer que amaba y que aún día sería suya, Sybilla, que le miraba ahora a través del velo que no podía esconder, su preciosa sonrisa por su regreso a la ciudad de ciudades, de las tres culturas, de la cultura y las traducciones, Córdoba.